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La Generación Z dejó el alcohol: Tendecia cultural

CULTURA DIGITAL

Más de una cuarta parte de los jóvenes de veintitantos años en Inglaterra reporta altos niveles de ansiedad social. La respuesta de muchos no es la terapia ni el alcohol. Son pastillas compradas ilegalmente en internet.

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El problema que nadie quiere nombrar

Hay una crisis silenciosa instalada en la Generación Z que los datos están empezando a hacer visible. Los jóvenes de hoy tienen más ansiedad social que cualquier generación anterior a su misma edad.

Y una parte creciente de ellos encontró una solución que no es la que esperaban los médicos ni los padres.

Medicamentos recetados. Combinados. Comprados sin receta en internet. Tomados antes de salir a una fiesta, a una cita o a una reunión de trabajo.

El fenómeno tiene nombre en las redes: stacking. Y tiene millones de visualizaciones en TikTok, Instagram y plataformas chinas.

Cómo funciona el stacking

La combinación más popular entre los jóvenes que la BBC documentó incluye dos medicamentos:

Pregabalina, un fármaco usado para tratar la epilepsia y el dolor neuropático que en dosis altas produce una sensación de euforia y relajación similar a la del alcohol.

Propranolol, un betabloqueante diseñado para disminuir la taquicardia y relajar los músculos temblorosos, que son los síntomas físicos más comunes de la ansiedad social.

Juntos, según quienes los consumen, producen el efecto social del alcohol sin la resaca, sin las calorías y sin el daño al hígado. Y cuestan menos de un dólar por noche.

Matt, un joven de 22 años del norte de Inglaterra cuyo nombre fue cambiado para proteger su identidad, lo explica con una lógica que muchos en su generación comparten: la cantidad de alcohol que hay que beber para conseguir los mismos efectos es realmente perjudicial y no sienta bien.

Lleva dos años tomando esta combinación. Lo que empezó como una solución para las salidas nocturnas se extendió a citas, reuniones familiares y cualquier situación social que antes le generaba parálisis.

La generación más sobria y más medicada de la historia

La paradoja es real. La Generación Z bebe menos alcohol que cualquier generación anterior. Una encuesta de Drinkaware reveló que el 26% de los jóvenes de entre 18 y 24 años en Reino Unido no consumía alcohol en 2024, comparado con apenas el 7% en 2012.

Pero al mismo tiempo es la generación con más ansiedad social documentada. Un estudio del University College London encontró que más del 28% de los jóvenes de veintitantos años en Inglaterra reporta niveles altos de ansiedad. Y las enfermedades mentales graves son significativamente más comunes entre la Generación Z que entre los millennials cuando tenían esa misma edad.

La profesora Emily Jones, psicóloga del King's College de Londres, apunta a la pandemia como uno de los factores clave.

El confinamiento, dice, en la práctica enseñó a todo el mundo a tener miedo a la interacción social. Para los más jóvenes, que estaban en plena etapa de desarrollo social cuando llegó el covid, ese aprendizaje dejó marcas profundas.

Las redes como farmacia

Lo que hace diferente a esta tendencia de otras crisis de drogas anteriores es el rol de las redes sociales. No solo como espacio donde se habla del tema sino como canal de distribución.

Influencers con millones de seguidores hablan abiertamente de sus combinaciones de medicamentos.

Algunos venden directamente los fármacos desde links en sus perfiles. Mei, una estudiante universitaria china de 20 años, compró su primera dosis a través de una plataforma china de redes sociales. Hay miles de publicaciones que lo venden, dice.

Celebridades como Khloé Kardashian, Rachel Sennott y Kristen Bell hablaron públicamente sobre el uso de betabloqueadores, lo que normalizó la práctica para millones de seguidores jóvenes.

El resultado es un mercado informal, no regulado y en crecimiento que opera exactamente donde los jóvenes pasan más tiempo.

Los riesgos que los influencers no muestran

El problema es que los medicamentos recetados no son inocuos solo porque vengan en una caja con prospecto.

La pregabalina fue reclasificada como medicamento controlado de clase C en Inglaterra en 2019. Entre 2020 y 2024 fue mencionada en 2.360 certificados de defunción por intoxicaciones relacionadas con drogas en Inglaterra y Gales, casi el triple que en el período anterior.

Alex Cottam tenía 27 años y era ingeniero informático.

Le habían recetado pregabalina para su ansiedad. Empezó a comprar más dosis de las prescritas en sitios web ilegales. Murió por eso. Su madre no puede dejar de pensar que la pregabalina mató a su hijo.

El propranolol, por su parte, puede causar en dosis altas disminución peligrosa de la frecuencia cardíaca, mareos y desmayos. Y ambos medicamentos, usados sin supervisión médica, generan dependencia física y psicológica.

Sofía, una empleada de atención al cliente de Ucrania, empezó tomando pregabalina antes de las fiestas. Cuando no pudo acceder al medicamento durante dos semanas sufrió episodios depresivos y pensamientos suicidas. No entendía qué me pasaba, dice. Tenía ansiedad, no podía comer, no podía ver a mis amigos.

El problema de fondo que los medicamentos no resuelven

La psicóloga Emily Jones señala algo que los defensores del stacking no quieren escuchar: comparar los daños físicos de estas drogas con los del alcohol evita hablar de la pregunta real. ¿Qué ocurre cuando alguien empieza a creer que solo puede socializar con ayuda química?

Usar medicamentos para evitar la ansiedad refuerza la creencia de que las situaciones sociales son peligrosas. Lo que empieza como una pastilla antes de una fiesta se extiende gradualmente a citas, reuniones de trabajo y la vida diaria. Pierdes la fe en tu propia capacidad para afrontar las cosas, advierte.

Para Matt, lo que empezó como una solución para las salidas nocturnas hoy abarca casi cualquier situación social. Sin los medicamentos, hay muchas situaciones que ni siquiera intentaría.

Liam Knowles, investigador de adicciones de la Universidad de Teesside, agrega un punto que complica aún más el panorama: los consumidores más jóvenes a menudo no reconocen su propia dependencia si en general funcionan bien. Asocian la adicción únicamente con personas cuyas vidas se desmoronaron visiblemente. Y eso hace que el problema avance sin que nadie lo llame por su nombre.

Lo que todo esto dice sobre la época

La Generación Z creció con más información sobre salud mental que cualquier generación anterior. Sabe más sobre ansiedad, sobre terapia, sobre límites. Y al mismo tiempo es la que más dificultades tiene para estar en una habitación con otras personas sin ayuda química.

Eso no es una paradoja. Es el resultado de años de hiperconectividad digital, de una pandemia que interrumpió el desarrollo social en los años más críticos y de un sistema de salud mental que en muchos países no tiene la capacidad de atender a todos los que necesitan ayuda.

Los medicamentos no son la causa de la crisis. Son el síntoma más visible de algo mucho más profundo que la Generación Z está atravesando y que todavía no tiene nombre claro.